Miércoles, 14 de octubre de 2015


A modo de agradecimiento

No soy un artista incomprendido. Es una pena, la del artista incomprendido es una figura no exenta de encanto y romanticismo. Pero la verdad es que no soy de los que han tenido que luchar heroicamente contra los prejuicios de su entorno para desarrollar su vocación. Por el contrario, siempre sentí respeto y apoyo por parte de la gente que me rodea, empezando por mi familia. Fueron mis padres quienes compraron mis primeras guitarras y mi primer amplificador. Inclusive recuerdo que en no pocas ocasiones mi padre me llevaba a ensayar con mi primera banda, lo que significaba hacer muchos kilómetros por el enjambre de calles del Gran Buenos Aires a horas intempestivas.

Cuando quise estudiar guitarra o dibujo y pintura en diversos talleres, allí estuvieron ellos para darme una mano. Lo mismo ocurrió cuando quise estudiar Comunicación Visual en la universidad.

Por otra parte no hubo libro de arte que yo quisiera y que ellos no hicieran todo lo posible para que fuera mío.

Tuve muchos viajes y así fue que siendo aún un adolescente conocí maravillas como el Louvre, el Centro Pompidou, el Prado, el Museo Dalí de San Petersburgo o el MOMA de Nueva York, aunque esos viajes significaran para ellos deudas que pagaron estoicamente.

En la época en la que, aún viviendo en su casa, quise hacer esculturas con desechos, soportaron con hidalguía que -literalmente- llenara una habitación con basura encontrada en la calle. No conozco mucha gente capaz de soportar eso, pero así son mis viejos.

Me criaron con mucha libertad y por eso miro hacia atrás y siento gratitud. Soy afortunado. Y no, no soy un artista incomprendido.