Lunes, 2 de febrero de 2015


Narrando la música

Pienso que el arte gráfico de un disco no consiste en una mera sucesión de imágenes más o menos impactantes. No, en absoluto. El asunto, según mi punto de vista, es mucho más interesante. Yo lo veo más como una narración, con su correspondiente introducción, nudo y desenlace.

En una obra de teatro, por ejemplo, tenemos distintos actos para contar una historia determinada. Bueno, en un disco pasa más o menos lo mismo, solo que en este caso los actos serían: la portada, la contraportada o inlay, la contraportada interior, el libreto y el stamper del cd o galleta. Con esos elementos (cuya cantidad puede variar dependiendo del packaging elegido) tenemos que crear una atmósfera que complemente, potencie y termine de dar forma al concepto que el músico quiere desarrollar en el disco. Y cada una de esas piezas tiene que tener fuerza y carácter individualmente pero a la vez debe formar parte de un todo coherente.

Podríamos decir entonces que el arte de un disco tiene que ser un mecanismo que ayude a que la escucha de ese puñado de canciones no sea solamente una experiencia auditiva (si bien la música es la protagonista, lógicamente), sino que nos invite a involucrarnos con todos nuestros sentidos, logrando de esa manera una experiencia más integral.

Cuando este proceso llega a buen puerto, se produce algo muy curioso: es imposible separar una cosa de otra, y música e imagen terminan formando un solo cuerpo indisoluble. Basta con recordar cualquiera de nuestros discos favoritos y comprobar que al pensar en ellos imaginamos que su música es del color (o los colores) de su portada.