Viernes, 27 de noviembre de 2015


Topolines sosteniendo Topolines

Googleando para ilustrar este post me encontré con esta preciosa imagen que es una reliquia. Se trata de un Topolín, el antecedente argentino de los actuales y multinacionales Huevos Kinder. Es decir, una golosina que venía con una pequeña sorpresa, que podía ser un soldadito, un cochecito, etc. Recuerdo la expectación que provocaba abrir el precario y simpático envoltorio para ver con qué nos encontraríamos. A decir verdad, el “chupetín” (“chupa chups” en España) no era gran cosa, pero valía la pena soportarlo para recibir la sorpresa.

Pero más que del Topolín en sí, quería hablar de la imagen que había en el sobre de papel que lo contenía. En dicha imagen podía verse un pequeño personaje (hoy sé que era un topo) que en su mano sostenía un Topolín, en el cual, a su vez, había un topo que sostenía en su mano un Topolín, en el cual, lógicamente, había un topo sosteniendo un Topolín… Y así hasta el infinito. Es cierto que sólo podía verse hasta el tercer Topolín, el resto había que imaginarlo, y me recuerdo haciéndolo y meditando sobre esta paradoja. Me recuerdo pensando: “Siempre hay un Topolín más pequeño sosteniendo otro más pequeño. No termina nunca”. No lo sabía, pero era mi primer contacto con un concepto clásico dentro de la ciencia ficción: mundos dentro de otros mundos.

Yo tenía unos 7 u 8 años (lo sé porque recuerdo ir a comprarlos al kiosco del barrio Envión de Haedo, Provincia de Buenos Aires, donde viví hasta 1976). Y casualmente 8 años es la edad que tiene en este momento mi hija, y como hoy me vino este recuerdo a la cabeza, busqué la imagen en Internet (me sorprendí al encontrarla) y le expuse mis topolinescas cavilaciones infantiles. Quedó fascinada y entendió perfectamente el concepto (conozco el brillo de sus ojos cuando algo la sorprende y deleita). Siempre intento transmitirle ese gusto por mirar las cosas desde otro punto de vista. Ya se encargarán otras personas más capacitadas que yo de enseñarle matemáticas o historia. Yo le enseño a mirar Topolines y a descubrir en su envoltorio una metáfora del infinito.